Hay un momento incómodo que muchos docentes ya han vivido.
Entregas de trabajos impecables, una redacción perfecta, argumentos bien estructurados y demasiado limpio todo. Y la sensación interna que tenemos: esto no lo ha escrito solo él o ella.
La reacción rápida es la de prohibir, bloquear o vigilar. Pero la pregunta importante no es si los alumnos usan ChatGPT. La pregunta es otra: ¿están pensando mientras lo usan?.
Porque el problema no es la herramienta. Es el uso que hacemos de ella.
El problema no es la IA: es cómo la estamos usando
Antes fue Wikipedia. Antes aún, el “copia y pega” de enciclopedias. La tecnología siempre ha ofrecido atajos. Lo nuevo ahora no es el atajo, es su potencia.
ChatGPT, como ejemplo, no solo copia información: la reorganiza, la redacta y la presenta con una apariencia brillante. Y eso puede crear una ilusión peligrosa: parecer competente sin haber comprendido nada.
Entender no es lo mismo que producir texto correcto. Si no rediseñamos las tareas, la IA se convierte en sustituto del pensamiento. Si las rediseñamos bien, puede convertirse en acelerador del pensamiento. Y esa diferencia es enorme.
Qué significa realmente pensamiento crítico en 2026
Significa, primero, dudar de lo que parece correcto. Un texto bien escrito no es necesariamente profundo, ni riguroso, ni verdadero. Enseñar a verificar fuentes, a contrastar datos, a detectar contradicciones se vuelve esencial.
Significa también formular mejores preguntas. Pensar bien empieza preguntando mejor. Un alumno que sabe diseñar un buen prompt ya está estructurando su pensamiento. No es magia. Es método.
Y, sobre todo, significa transformar información, no repetirla. Analizar. Comparar. Reinterpretar. Construir una postura propia. La IA puede generar contenido, pero la toma de postura sigue siendo humana. Ahí está la frontera.
La nueva competencia clave: pensar con IA, no contra ella
El pensamiento crítico no desaparece con ChatGPT. Se vuelve imprescindible.
Antes enseñábamos a buscar información. Ahora tenemos que enseñar a dialogar con ella.
La alfabetización en inteligencia artificial no es aprender a usar botones. Es aprender a cuestionar resultados, a detectar sesgos, a mejorar preguntas, a asumir responsabilidad sobre lo que se entrega.
La tecnología no elimina la necesidad de pensar. La amplifica. Y quizá, si lo miramos bien, este no sea el fin del pensamiento crítico en la educación. Puede que sea el momento en el que, por fin, se vuelva irrenunciable.

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